Blanca Navidad, dicen. Noche de paz y amor, dicen. Vuelve a casa vuelve, cantan.
Y todo eso es cierto mientras eres pequeño, y las Navidades son vacaciones del cole y comer turrón y que los abuelos vengan cargados de regalos. Y reír, y jugar al rummi hasta la madrugada, y descubrir por la mañana que todo está cubierto de nieve, mientras te acurrucas frente al fuego de tu casa en una montaña del pirineo.
Pero el asfalto nada sabe de blancura, ni mi vacío sabe nada de esta alegría navideña que no siento por más que me esfuerce.
La noche de Navidad, el 25 de diciembre de este año que se nos escapa, me encontró tan sola como todas las demás, sin árbol ni guirnaldas ni risas ni nieve.
Mirando la punta de mis zapatos, acompañada por el traqueteo de mis pensamientos oxidados.
Ya no hay Navidad, no hay ilusión, no hay risas junto al fuego.
Hay un cielo hecho pedazos que cruje bajo mis pies como pedazos de cristal, y un alma en proceso de descomposición, y un corazón del que conozco la existencia desde que me escuece.
Botella de tequila en mano, chillando en mi terraza un confuso "Feliz Navidad", bajo un cielo opaco de polución barcelonina, me siento como si acabara de sobrevivir a un naufragio masivo, y por un momento tengo la sensación que he conseguido ahogar mi vacío en la bebida mexicana.
Esta mañana, con la boca pastosa y los ojos pegajosos, descubro que el muy cabrón se pilló una patera de vuelta y duerme, pacífico y acurrucado a mi lado en la cama.