Madre mía, pensé. Fué lo único que tuve tiempo de pensar antes de darme cuenta de lo que ocurría realmente. Madre mía.
De repente un vuelco en el estómago, y un sudor frío, y una intranquilidad angustiosa en la boca del estómago. Y sonríes. Y no sabes si has cogido salmonelosis o es que te has vuelto a enamorar. Y deseando con todas mis fuerzas que sea lo primero, me voy a dormir, y al no poder conciliar el sueño de ninguna de las maneras, ni siquiera con un trocito de chocolate con almendras (remedio que nunca me falla), pienso "Madre mía" y me doy cuenta, en lo que tarda un suspiro, que había equivocado mi apuesta.
Es lo segundo.